La novela gira alrededor de personajes que parecen sacados de un limbo fronterizo entre el sueño y la brutal realidad: desertores de una guerra sin nombre, mujeres y madres que sostienen el relato con una presencia tan esencial como la de los hombres —y un padre errante cuyo linaje se fragmenta en historias de abandono y brutalidad.
Lo más impactante de Furia es cómo Mendoza fusiona lo corporal y lo simbólico. La violencia no es solo física, sino también psicológica: los personajes luchan no solo contra otros, sino contra ellos mismos, contra expectativas sociales y contra los límites impuestos por una moral que intenta contener lo que en realidad es profundamente humano. En Furia, la violencia no aparece como algo excepcional, sino como algo cotidiano, casi inevitable, y eso resulta perturbador porque refleja una realidad que, aunque extrema, no es ajena.
"La muerte le creía como una idea parecida a la del horizonte largo, desértico. Un gran espacio negro y cúbico, algo que no alcanzaban a dimensionar sus ojos. No entendía cómo podía caber el dolor dentro de su cuerpo. Era como si, para acoger el sufrimiento, su cuerpo se hubiera vuelto de la piel para afuera. Sentía que todo él se había invertido, que llevaba expuestas las vísceras. Que su cuerpo y su dolor lo abarcaban todo."
La violencia está en la guerra, en el abandono, en las relaciones familiares fracturadas y en los cuerpos que cargan con una historia de dolor.
"Otra de las mayores pruebas de la voluntad es decidir amar por siempre a la misma persona. Es casi como decidir conservar la propia vida, que será la misma por el resto del tiempo que le quede,"
La furia, como lo indica el título, atraviesa toda la obra. Sin embargo, no se trata solo de rabia destructiva, sino de una energía que nace del despojo y del silencio. La furia aparece como respuesta al abandono, a la guerra, a la imposibilidad de amar de manera sencilla.
Hubo momentos en los que Furia
me resultó difícil de seguir, no por falta de calidad, sino porque la narración
se mueve más por sensaciones que por una lógica narrativa tradicional. Sin
embargo, esa misma característica es la que hace que la novela sea tan potente.
La prosa de Mendoza es poética y brutal al mismo tiempo; no explica, expone.
Obliga a sentir antes de entender.
Al terminar el libro, queda
una sensación de inquietud, como si algo no hubiera cerrado del todo. Furia
no ofrece respuestas ni consuelo, y quizá ahí radica su mayor valor. Es una
novela que confronta, que incomoda y que invita a pensar en temas como la
violencia, el deseo, el cuerpo y la identidad desde un lugar poco seguro, pero
profundamente honesto. No es una lectura fácil, pero sí una que deja marca y
que continúa resonando mucho después de haber cerrado el libro.

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